Me resisto a tirar la toalla. Transito por este Mundial con más sentido de la responsabilidad autoimpuesta con la escritura que por tratar de entender el fanatismo del esposo y, de paso, aprender algo sobre este deporte que cruza culturalmente a millones de personas. Así que este será un texto largo y trataré de hacerlo lo más ligero posible. La larga fase de grupos Retomando donde dejé el seguimiento anterior, comienzo por la jornada del 19 de junio, día en el que, más atenta a lo que pasaba en la inauguración de una actividad literaria en la Ciudad Colonial, revisaba de vez en cuando las redes sociales, en especial Twitter (reitero, nunca la nombraré de otra manera), para enterarme qué pasaba. Ganó Estados Unidos 2 a 0 a Australia. No lo vi. Marruecos le ganó a Escocia, 1 a cero. No lo vi. Haití perdió de Brasil, 3 a 0. No lo vi. Sigue sin anotar su primer gol en un Mundial. Ya no tiene posibilidades de clasificar. Turquía perdió de Paraguay. No creo que Turquí...
Es demasiado. Este Mundial es demasiado. Demasiados partidos por día, demasiada información, demasiados comentarios, demasiados memes, demasiadas fotos, demasiado... Este diario me ha convertido en Sísifo, cuando creo que puedo sentarme a escribir algo ya ha pasado, y luego tengo que hacer otra cosa como comer, trabajar, lidiar con un adolescente, convivir con el esposo, salir a tomar sol, dormir... Y cuando vuelvo a pensar en resumir lo que ha pasado, ya es tanto que no sé que priorizar o que dejar fuera. Pero haré un esfuerzo de continuar con este espacio, de tomar notas, incluso cuando el fanático de mi casa, el esposo, no ha seguido con tanta atención como esperaba este Mundial, porque también es un adulto con deudas y un trabajo exigente. Aún así, llegó temprano para ver a su adorada selección argentina golear a Argelia, ver casi de madrugada dos partidos más (creo que el de Colombia y Uzbekistán... y el de México ante Corea del Sur). Como se imaginarán...