- Mamá, ¿no te vas a poner la camiseta? El hijo me lo pregunta ya vestido para la ocasión. Su padre, el esposo, había traído el día anterior tres camisetas de la selección argentina, una para cada uno. Feliz y ansioso, nos las entregó. - Es para el juego de mañana. El domingo del partido, el último del Mundial, el esposo se levantó tarde, se bañó, se vistió con su camiseta y encendió el televisor. Yo había cocinado y el hijo ya había almorzado. - El almuerzo está listo -le avise. - No voy a comer ahora. No tengo hambre. No sería una jornada sencilla. Su ansiedad suele ser más contagiosa para mí que su fanatismo fútbolero. Cuando el hijo me hizo la pregunta le contesté que luego, que quizás cuando termine el partido. El partido terminó. Perdió Argentina. Ganó España. No me puse la camiseta. De cuarto, pero con premio de primero El día antes, sábado, vimos el partido para el tercer puesto del Mundial, entre Inglaterra y Francia. Antes del minuto tres, Inglate...
Llegó tranquilo, con expresión liviana, con una sonrisa casi permanente en el rostro. Estaba feliz, su querida selección argentina había pasado a la final. Se enfrentará a España. Mientras lo veo pasear por el apartamento, despojándose con calma de todo lo que trae de la oficina, recuerdo sus mensajes en audio de hace unas pocas horas atrás. - Te dije que nos llevábamos a Inglaterra, te dije que no había para nosotros, te dije que vamos a ser campeones del mundo. Yo sé que son... yo sé que jugamos feo, pero tenemos un ángel y vamos a ser campeones del mundo. Siempre me ha llamado la atención ese "nosotros". El fanático del fútbol, y supongo que de cualquier otro deporte grupal, suele hablar así cuando argumenta sobre su equipo o selección favorita, por la que grita, por la que se pone de rodillas, por la que casi se puede desmayar. "Nosotros". Parece una especie de mimetismo, de ser aunque no seas parte de once jugadores en una cancha. Algo así como el fervor patr...