Llegó tranquilo, con expresión liviana, con una sonrisa casi permanente en el rostro. Estaba feliz, su querida selección argentina había pasado a la final. Se enfrentará a España. Mientras lo veo pasear por el apartamento, despojándose con calma de todo lo que trae de la oficina, recuerdo sus mensajes en audio de hace unas pocas horas atrás. - Te dije que nos llevábamos a Inglaterra, te dije que no había para nosotros, te dije que vamos a ser campeones del mundo. Yo sé que son... yo sé que jugamos feo, pero tenemos un ángel y vamos a ser campeones del mundo. Siempre me ha llamado la atención ese "nosotros". El fanático del fútbol, y supongo que de cualquier otro deporte grupal, suele hablar así cuando argumenta sobre su equipo o selección favorita, por la que grita, por la que se pone de rodillas, por la que casi se puede desmayar. "Nosotros". Parece una especie de mimetismo, de ser aunque no seas parte de once jugadores en una cancha. Algo así como el fervor patr...
- ¡Gracias, gracias! El esposo estaba de rodillas, frente la televisor, con una emoción que se le hacía agua en los ojos. Lo miraba con una sensación de incredulidad y sorpresa. La commoción del fanatismo se me hace un delirio incomprensible, aunque fui cautiva de uno, el religioso, en una etapa de mi vida en que buscada sentido y pertenencia. Un delirio de amor, que también pasó, me desterró de esa búsqueda. Ambas decepciones de entrega me salvaron de un destino de naufraga. Se puso de pie y sonrió. Y sonreí. El triunfo de Argentina sobre Cabo Verde, 3 goles a 2 y con un autogol que desempató el juego, fue de una acompasada taquicardía. Estuve frente al televisor la mayoría de los 124 minutos que duró el partido. Hacía el final del tiempo extra y murmurando maldiciones en contra de los penales, me fui a la cocina, esperando el milagro de una víctoria para Cabo Verde, a pesar de que mi esposo oraba por el triunfo de su amada selección argentina. En las redes todo eran ...