El hijo me lo pregunta ya vestido para la ocasión. Su padre, el esposo, había traído el día anterior tres camisetas de la selección argentina, una para cada uno. Feliz y ansioso, nos las entregó.
- Es para el juego de mañana.
El domingo del partido, el último del Mundial, el esposo se levantó tarde, se bañó, se vistió con su camiseta y encendió el televisor. Yo había cocinado y el hijo ya había almorzado.
- El almuerzo está listo -le avise.
- No voy a comer ahora. No tengo hambre.
No sería una jornada sencilla. Su ansiedad suele ser más contagiosa para mí que su fanatismo fútbolero.
Cuando el hijo me hizo la pregunta le contesté que luego, que quizás cuando termine el partido.
El partido terminó. Perdió Argentina. Ganó España. No me puse la camiseta.
De cuarto, pero con premio de primero
El día antes, sábado, vimos el partido para el tercer puesto del Mundial, entre Inglaterra y Francia. Antes del minuto tres, Inglaterra le anotó el primer gol a Francia.- ¡Y qué es esto!
Mi exclamación venía de la incredulidad. Era como ver un partido en el que Francia no le interesaba ganar y que puso a sus once jugadores a pasar el rato. Al finalizar la primera mitad del partido, Inglaterra había anotado cuatro goles. Francia, cero.
Al parecer lo dicho por el técnico francés Didier Deschamps el día antes, de que lo mejor que le podía pasar a ambas selecciones es que ese partido no existiera, era el signo a seguir por los jugadores galos.
Pero al iniciarse el segundo tiempo, Francia pareció darse cuenta que no podía despedirse de goleada, así que Kyle Mbappé estreno el marcador y luego le siguieron otros tres goles. Inglaterra sumó dos tantos más.
Diez goles en total.
Mbppé anotó dos de los cuatro de los franceses y se convirtió en el máximo goleador de este Mundial y de todos los mundiales hasta ahora, con 22 goles. Actualmente, el galo tiene 27 años, por lo que posiblemente estará en el próximo Mundial, en 2030, y si la suerte física lo ayuda y el mundo aun es el mundo que hoy conocemos, en el de 2034. Lionel Messi quedó segundo en ese ranking, pero ya el no jugará otro Mundial.
La esperanza y la tristeza
Contrario a hace cuatro años atrás, en 2022, el esposo observaba el partido desde el principio con un entusiasmo contenido, que dio paso muy pronto a una especie de desesperanza al ver la actuación de su equipo favorito.
Me senté en el sofá un rato. Observaba y me daba cuenta de algo que solo se da cuenta alguien que ve las cosas con un juicio del que le da igual el resultado de lo que ve, porque no apuesta a nadie: Argentina no iba bien.
Y no, no lo pensaba por temas técnicos relacionados con la forma de jugar, ni por cábala, ni por nada que pueda explicar alrededor de fuera de juego, retención de la pelota, faltas o defensa. Lo pensaba porque aquellos hombres que se movían con uniformes blancos y azules parecían perdidos en un estrategia caótica de no saber qué hacer frente al otro equipo, y parecían caer pronto en una especie de desesperación física, algo así como una frustración de querer avanzar cuando tienes los pies atados.
Claro, también veía una pelota que estaba mucho más tiempo del lado del arco en que anotaba España, y un portero argentino, Emiliano (Dibu) Martínez, bloqueando posibles goles una y otra vez, hasta que en el minuto 106, cuando ya había terminado el tiempo reglamentario con a la expulsión del jugador argentino Enzo Fernández y un total de cinco tarjetas amarillas para la selección albiceleste, no pudo atajar una. Ferrand Torres, de España, anotó un gol.
El ánimo del esposo se desplomó y el hijo se empezó a poner triste. ¿Había esperanza de un gol argentino? Seguro para sus fanáticos, pero no para mí.
Llegó el pitazo 20 minutos después. Fin del partido, pero no de las controversias y discusiones que se han extendido hasta el día de hoy.
El espectáculo
No crean que el esposo se sentó todo el partido sin comer. Lo hizo durante el medio tiempo, mientras Gustavo Dudamel dirigía una orquesta con Los Muppets, Justin Bieber hacia un "playback" con una guitarra acústica y cantaba el famoso grupo surcoreano BTS. Veía todo eso y solo podía comparar este asunto con el famoso medio tiempo del Super Bowl, ese show tan de Estados Unidos que se realiza en la mitad del tiempo de juego de su fútbol, en que dos equipos corren con un balón marrón alargado, empujándose y golpeándose entre ellos.No tengo memoria anterior a un espectáculo similar en los Mundiales pasados en un medio tiempo, pero digamos que la excusa de celebrarse en Estados Unidos era perfecta para esto, con un presidente de la FIFA muy pegado a un presidente norteamericano que parece querer centrar mucha atención, tanta que Infantino tuvo que sacarlo del encuadre de la celebración de la selección de España al final del partido.
Creo que lo que más me gustó fue ver a los chicos y chicas del grupo de baile de Uganda junto a Shakira, mientras interpretaba la canción del Mundial. Ese grupo tiene una historia de resistencia a través del baile desde un barrio humilde de Kampala, la capital de Uganda, y se hicieron famosos compartiendo sus coreografías en las redes sociales. Ojalá que la atención que han recibido sirva para algo más que ser parte de un espectáculo.
Me perdí del show inicial, en que cantó Robbie Williams y Laura Pausini (y otra cantante de la que no tengo registro de ningún tipo), quienes cantaron el himno del Mundial (no sabía que existí un himno).
Lo de ver a Madonna junto a los exjugadores brasileños Ronaldinho y Ronaldo fue una escena algo extraña, como una especie de performance kitsch del pop.
El final del final
Como se ha hecho costumbre desde hace más de una década, el final de cualquier actividad o competencia, sea internacional o no, se extiende por días, y a veces semanas, en la cobertura de los análisis sobre pensados y las redes sociales, en que se aprovecha todo lo que lo rodea para crear contenido como una avalancha que nos puede ahogar.
Este Mundial ha tenido mucho de eso, en especial por el lamento argentino. Y es que, contra todo pronóstico, los argentinos y los fanáticos de esa selección, en los que incluyo al esposo, tenían una fe férrea esperando que fuera posible que Argentina ganara una segunda copa consecutiva y que Lionel Messi se retirara de su paso por los mundiales de fútbol con esa presea.
La decepción y la tristeza de quienes apoyaban a los albiceleste se ha extendido a un sinfín de análisis sobre el partido, la manera en que jugaron, el juego físico que terminó golpes con una escena tan fuera de lugar en la que hubo manotazos y halones. La trifulca al parecer nació de la frustración de los jugadores argentinos y que, desde mi punto de vista, pone en cuestión una emocionalidad masculina que tiende a la violencia, sin justificación en un partido que supuestamente realza el deporte competitivo bajo reglas de participación, que fueron violadas por los jugadores argentinos más de una vez.Me explican algunos conocidos, seguidores del fútbol, que eso es parte "del calor del juego", que "antes era peor" (y sí, antes era peor. Solo tiene que buscar el video en que el padre del jugador más famoso de este mundial, Erling Haaland, terminó lesionado por una entrada violenta e intensional de otro jugador y que le costó su retiro anticipado del deporte), pero no me parece que sea algo para justificar.
La verdad sea dicha, la fe de los argentinos en su final soñado los llevó a un lugar muy oscuro.
Mientras los españoles y su fanaticada celebraron como debían celebrar, con fiesta, orgullo, aplausos para su selección, una llena de hijos de migrantes, ese tema que tanto peso pone desde una visión negativa en la política española, en la que tuve que escuchar gente discutiendo atribuciones para "ser español", y algo que no creo que este Mundial vaya a cambiar.
¿Nos leemos en el 2030?
Espero estar viva y con ánimos para escribir en el 2030, cuando este Mundial se celebrará otra vez en tres países, sumando tanto gasto y polución como el recién finalizado, en la que se estimó unos 1,100 vuelos aéreos realizados en la fase de grupos para mover las selecciones entre Estados Unidos, Canadá y México. El territorio del Mundial 2030 se repartirá entre España, Portugal y Marruecos, dos países europeos y un africano.
Y hay que contar con que también se eligieron tres países de América Latina para celebrar un partido en cada uno: Argentina, Uruguay y Paraguay. Sólo espero que no se les ocurra aumentar el número de equipos a participar, pues la propuesta de aumentarlos de 48 a 64 ya fue lanzada al aire. A ver de cuál lado cae la moneda.
Por ahora, agradezco a quienes me han acompañado en este blog, en especial a aquellos que me han leído aquí desde 2010.
Nos vemos en el 2030, si la dicha es buena, porque el esposo no dejará de ser fanático de Argentina porque ya no esté Messi, ni mucho menos dejará de ver fútbol durante estos años hasta el próximo Mundial. Además, logró algo que no pensé que lograría: un hijo que se sienta con él a ver un partido de fútbol, aunque sé que el hijo lo hace por acompañar la emoción del padre, al menos hasta ahora, quizás en cuatro años, cuando tenga casi la mayoría de edad, reciba el Mundial convertido en todo un hincha fútbolero.
Es una escena de un futuro que no sé si llegará, pero en este presente puedo decir que tras 16 años no solo he sobrevivido al fanatismo futbolero del esposo, sino que me he enamorado de esta carrera de resistencia la que escribo para darle un sentido a mi no fanatismo.
Hasta el próximo Mundial.





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