Llegó tranquilo, con expresión liviana, con una sonrisa casi permanente en el rostro. Estaba feliz, su querida selección argentina había pasado a la final. Se enfrentará a España.
Mientras lo veo pasear por el apartamento, despojándose con calma de todo lo que trae de la oficina, recuerdo su mensaje de hace unas pocas horas atrás.
- Te dije que nos llevábamos a Inglaterra, te dije que no había para nosotros, te dije que vamos a ser campeones del mundo. Yo sé que son... yo sé que jugamos feo, pero tenemos un ángel y vamos a ser campeones del mundo.
Siempre me ha llamado la atención ese "nosotros". El fanático del fútbol, y supongo que de cualquier otro deporte grupal, suele hablar así cuando argumento sobre su equipo o selección favorita, por la que grita, por la que se pone de rodillas, por la que casi se puede desmayar.
"Nosotros".
Parece una especie de mimetismo, de ser aunque no seas parte de once jugadores en una cancha. Algo así como el fervor patriótico que se asume cuando se canta el himno del país que adoptas como patria (sea que hayas nacido o no ahí), algo que roza casi un "nacionalismo deportivo"... no sé. No alcanzo a comprenderlo. Mi esposo nunca ha ido a Argentina, sé que su afición por el fútbol nació en su casa de Puerto Plata, con la cercanía de una madre que también gusta del fútbol y en un lugar de República Dominicana en que, desde hace décadas, el turismo proveniente de Europa supongo que ha influido en la presencia de este deporte allí antes que en cualquier otro lugar del país.
Y aunque vi el juego, y me he descubierto entendiendo (por fin) qué es una defensa, qué es un fuera de juego y que el capitán de un equipo no siempre es quien lleva la camiseta número diez, no puedo comprender ese sentimiento de alegría desbordada o de tristeza al borde de la depresión al compás de un equipo de fútbol que gane o pierda.
Los cuartos
Vi todos los partidos de esta fase. Dos de ellos tuvieron mi mayor atención: el de Noruega contra Inglaterra y el de Argentina frente a Suiza.
Creo que me uní al sentimiento de muchos al ver perder la selección de Noruega, un gol a dos. Erling Haaland, el jugador más viral y famoso de este Mundial, no tuvo el chance de anotar un tanto para su selección, cuyo único gol en este partido fue anotado por Andreas Schjelderup. Los dos de los ingleses los anotó Jude Bellingham.
Eso sí, los puntos de Haaland como estrella popular del Mundial parece que bajaron un poco cuando llegó a su país. Al bajar del avión junto a los demás integrantes de su selección, quienes fueron recibidos por miles de noruegos y su rey, cargaba en una de sus manos un mapache disecado que sostenía una botella. Un suvenir un poco extraño y que ofendió a más de un ambientalista y protector de la fauna.
Mientras Argentina anotó tres goles y Suiza, uno. Y como en el partido anterior, Argentina llevó a la frontera del ataque de nervios a su fanaticada, anotando los dos últimos goles en tiempo extra. El esposo lo sufrió, en especial durante el empate uno a uno con Suiza. Pero al final del partido no celebró, se arrodilló igual que la última vez, cuando Argentina enfrentó a Egipto (un partido más tenso y que dio pie a toda una campaña en contra de la selección argentina en las redes sociales, que retomó el tema del racismo en el país sudamericano, y un odio - para mí inmerecido- en contra de Lionel Messi).
En los otros dos partidos, a los que no le presté tanta atención, fueron eliminados Marruecos y Bélgica. Del primero, quedó triunfadora Francia (2-0) y del segundo España (2-1).
Para las semifinales, el coro común parecía apoyar a Francia como favorito para llegar a la final, y el rechazo, diría que casi xenófobo contra la selección de Argentina hacía inclinar el apoyo a Inglaterra.
Semifinal: Francia y España
Francia perdió. Para sorpresa de la mayoría, del esposo y mía. El esposo me explicaba sobre la superioridad de Francia, mientras los que se nombran analistas deportivos, fanáticos y seguidores daban por ganadora a la selección... bueno, menos los paraguayos, supongo, por obvias razones.
Y al tema del racismo de la senadora paraguaya en los octavos, se sumó ahora la xenofobia. Lo peor es que la voz cantante de esto fue nada más y nada menos que un expresidente español, Mariano Rajoy.
"Han ganado todos los partidos en los que participó en este Mundial y ocupa la primera posición del ranking de la FIFA. Tiene, además, una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses", escribió en exmandatario en una columna de opinión en un medio de información español.
Las reacciones vinieron de todos lados, incluyendo del actual jefe del Ejecutivo español, Pedro Sánchez. "España es de quien la ama y la trabaja. No de quien la avergüenza con declaraciones xenófobas. Francia, nos vemos en semifinales. Que gane el mejor y que pierda el racismo", escribió en su cuenta de X.
Distintos funcionarios y políticos franceses también respondieron, condenando las palabras de Rajoy, quien no solo no se disculpó, sino que después de la derrota de Francia frente a España, dos goles a cero, se reiteró en su insolencia en otro texto publicado en el mismo medio de información, El Debate.
“Ellos no piden perdón por nada. Eso, por lo visto, siempre les toca a otros”, señaló al final de la columna sin señalar la polémica.
Semifinal: Argentina e Inglaterra
En X pude ver imágenes, que no compartí por temor a que fueran fabricadas con inteligencia artificial, de unas edificaciones en las que colgaban banderas argentinas y que supuestamente correspondían a algún lugar de Escocia. También había referencias de fotos, memes y posteos de hinchas a favor de Argentina en Gales.
Alguien preguntaba si le podían explicar el porqué.
La respuesta está situada en un tema de rencillas históricas, porque Reino Unido es una cosa, pero Inglaterra es otra. Juntos y divididos en guerras y conquistas anteriores al colonialismo que se extendió luego a otras latitudes. Heridas que se exponen en el fútbol, como un escaparate de esa otra pasión sin lógica apegada a un sentimiento nacional, o quizás patriótico, pero igual de intenso.
Y claro, hay que sumar la parte de Las Malvinas, aquel conflicto bélico usado por la dictadura argentina en 1982 como excusa propagandística, en reclamo de soberanía sobre las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur, en el océano Atlántico Sur, bajo la posesión territorial de Reino Unido. Los enfrentamientos se extendieron por 74 días y terminó con la rendición de Argentina. 649 militares argentinos, 255 militares británicos y tres isleños civiles de las Malvinas murieron durante las hostilidades.
El reclamo ha quedado en el imaginario argentino como un estandarte que también se coló en el partido, ganado en un taquicárdico juego en que ganó la selección de Argentina, tres goles a uno. Y cuando digo que se coló es que lo hizo de manera concreta y visual. Un grupo de jugadores levantaron una pancarta con el lema "Las Malvinas son argentinas" al final de la contienda deportiva, recibiendo los vítores de una fanaticada que celebró más que una calificación a la final del Mundial.
Aún se discute sobre posibles sanciones en contra del conjunto albiceleste.
En Escocia y Gales también se celebró, supuestamente. Además, se destacó algo que desconocía: no solo es que los ingleses llevaron el fútbol a Argentina, en el siglo XIX, sino que quien lo llevó era escoces.
En la pantalla de la televisión, al finalizar el partido, un emocionado Jorge Bauger, periodista deportivo argentino residente en República Dominicana, parecía con una camiseta de la selección de su país amarrada a su cuello y sobre su pecho, pidiendo disculpas por hacerlo, pero feliz de hacerlo.
El partido terminó cerca de las cinco de la tarde, sin tiempo extra ni penales. El esposo me envío dos audios unos minutos después. Aún seguía en la oficina, conteniendo la emoción hasta que llegara al vehículo.
Mi madre me llamó desde Estados Unidos, emocionada. Sabe que su yerno es fanático a rabiar de Argentina y quería saber cómo estaba la escala de la felicidad fanática. Le comenté lo de los audios.
- Bueno, prepárate para el domingo.
Ustedes, ¿qué esperan? ¿Ganará Argentina o España?


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